La Felicidad Rural de Mario Cabrera: Una Vida en la Granja Más Allá de los Desafíos
abril 4, 2026Mario Cabrera, un productor de Canelones, revela la profunda satisfacción que encuentra en su actividad agrícola familiar, a pesar de los constantes obstáculos. Su historia es un testimonio de cómo la alegría puede florecer en la granja, incluso cuando los vientos soplan en contra. En su predio, a solo media hora de Montevideo, Cabrera atesora herramientas como un tractor Universal adquirido en los años 80 con un préstamo del BROU. Su jornada laboral sorprendería a muchos urbanitas: después de un breve descanso vespertino, prepara su camión para trasladar los productos a la Unidad Agroalimentaria Metropolitana (UAM). Tras cenar y ver televisión, se acuesta temprano, solo para despertar a las 2 de la madrugada y atender su puesto mayorista. El resto del día lo dedica a su huerta, la cual describe como «mi refugio perfecto en el mundo». «Es una labor que considero esencial, que me apasiona, aunque no siempre rinda frutos económicos, pero la disfruto porque es la herencia de mis ancestros y ahora la comparto con mi familia», explicó durante un encuentro en su granja, ubicada en Quinta de Illa, cerca de Los Cerrillos.
Con casi seis generaciones involucradas, la familia Cabrera vive por y para la granja. Mario colabora estrechamente con su esposa, Estela Mary Vanoli; su hijo, Wilmar Fernando Cabrera; y su nuera, Jovana Moreno, ingeniera agrónoma. Una nueva camada ya se asoma: el pequeño Agustín Cabrera Moreno, de cinco años. Aunque su prioridad es la escuela, disfruta acompañando las tareas de la huerta, mostrando un gran interés por la maquinaria y subiéndose con entusiasmo al camión para el transporte de la fruta. Mario relata cómo esta dedicación influye en su vida: «Soy un ferviente seguidor de Peñarol, pero un día de partido, viendo que se hacía tarde, vi el primer tiempo y me fui a descansar. Me enteré del triunfo en la madrugada, con las bromas habituales del mercado, que siempre es un lugar agradable». Este relato subraya cómo cada aspecto de su vida gira en torno a su familia y su querida explotación agrícola.
La historia de este establecimiento familiar se remonta al bisabuelo Ambrosio. Mario, de 67 años, nació en el mismo terreno rural donde la granja prospera hoy. Los cimientos fueron puestos por su bisabuelo, Ambrosio Colombo, inmigrante italiano que adquirió las primeras extensiones de campo. Las generaciones subsiguientes —los abuelos y padres de Mario— continuaron la tradición. Actualmente, la dirección recae principalmente en la familia de su hijo, «ya que el tiempo avanza y ellos aportan una energía renovada, estando a la cabeza de todas las operaciones». Mario observa con ilusión, aunque sin presionar, la posibilidad de que una sexta generación, encarnada en el joven Agustín, asuma el relevo: «Primero, que estudie, que disfrute su niñez y crezca con salud. Que aprenda gradualmente a valorar el trabajo y que, llegado el momento, elija su propio camino. Por supuesto, me encantaría que continuara con esto, pero debe seguir sus propios deseos… lo bueno es que este entorno lo cautiva; es un niño muy vivaz y curioso».
En el establecimiento de los Cabrera, la producción se centra en frutales: parcelas de duraznos, ciruelas, algunos nectarinos (pelones), manzanas y uvas Moscatel, destinadas tanto al consumo directo como a bodegas, incluyendo también las variedades Frutilla y Tannat. La horticultura es mínima, limitándose ocasionalmente a calabazas, pues la siembra de otras verduras se abandonó por falta de rentabilidad. Complementariamente, poseen ganado vacuno, para el cual cultivan forraje que asegura su alimentación invernal. Toda la producción frutal se distribuye a través de la UAM. «Esto es lo que sucede hoy; antes era diferente. Hasta 1971, las fábricas compraban directamente el durazno ‘Rey del Monte’ desde diciembre, llevándose toda la cosecha, lo que era más conveniente. También adquirían papas y alfalfa en invierno. Aunque siempre se llevaba algo al mercado, todo ha cambiado, y ahora debemos comercializarlo todo allí», explicó Mario. Otra disparidad, añadió, es que «antiguamente se vendía el cien por ciento… Recuerdo que si necesitábamos dinero para alguna cuenta, bastaba con cargar el camión e ir al mercado para regresar con la venta. Ahora, uno va con la mercancía sin certeza de si se venderá; las ventas han disminuido drásticamente, con noches desastrosas, especialmente si llueve, como nos ocurrió la otra noche». Frente a la previsión de que parte de la fruta, ya sea recién cosechada o almacenada, no se venderá —situación frecuente—, Mario opta por no desecharla y la utiliza para alimentar a su ganado. «Este año, las vacas acabaron comiendo duraznos por un estancamiento en el mercado. Así lo hicimos, al menos no se desperdició; también aprovechamos otros restos», comentó.
Los obstáculos son constantes: clima, plagas, mano de obra y hábitos de consumo. El traslado del antiguo Mercado Modelo a la UAM no mejoró las ventas, pero sí representó avances en el confort laboral, la gestión de horarios de descarga, la higiene, el orden y una seguridad «absoluta», según Mario. A pesar de su inquebrantable pasión por la granja —un estilo de vida que no cambiaría por nada—, Mario reconoce que los productores enfrentan múltiples desafíos que dificultan la continuidad. Detalla cada uno de ellos. En primer lugar, el factor climático: «Antes llovía, y la fruta maduraba sin pudrirse; bastaba con sulfato en primavera y todo salía bien. Luego aparecieron los hongos, y ahora vivimos curando. Se ha logrado cierto control de insectos con feromonas». La exposición a tormentas, vientos, granizo y sequías sigue siendo una amenaza significativa para la producción a cielo abierto. Otra seria preocupación son las aves depredadoras. «La cotorra es la peor plaga», aseveró, «destroza las frutas picoteándolas de una en una. En una sola parcela, la producción puede disminuir en un 20% o más. Actualmente, hemos encontrado cierto éxito colocando botellas de plástico en cañas para que su movimiento las ahuyente. Las banderas no son muy útiles; a veces, un disparo al aire ayuda a espantarlas. Antes venían los ‘cotorreros’ y usaban veneno, lo que las mantenía bajo control… No sé, hay que hacer algo; es un problema gravísimo». «Un desafío importante más, que ha mermado las plantaciones, es la escasez de mano de obra comprometida. Nosotros nos las arreglamos casi siempre con la familia, pero para quienes necesitan empleados, es un asunto serio. Recuerdo una vez que unos jóvenes vinieron a recolectar uvas, llenaron tres cajones y se marcharon diciendo que eso no era para ellos», relató. Además, Mario lamenta que los cambios en los hábitos alimenticios perjudiquen a quienes producen alimentos frescos, nutritivos y saludables, ya que los niños se sienten más atraídos por helados o alfajores. «En las escuelas veo que se promueve el consumo de frutas y la alimentación sana… pero no es sencillo, porque los padres optan por lo fácil, como comprar un paquete de galletas. El problema no está en las escuelas, sino en los hogares», afirmó. Finalmente, sobre las dificultades, mencionó el incesante aumento de los costos de producción, que no se ve compensado por los precios de las frutas, los cuales el productor no puede fijar: «Somos ‘tomadores de precios’ y, a veces, nos toca celebrar simplemente empatar».
El legado del abuelo y la alegría de la vida en el campo. «Siempre tengo presente un consejo de mi abuelo: en esta labor, es crucial ahorrar y tener reservas para los momentos difíciles», compartió Mario. A pesar de tantas adversidades, sostiene: «Esto es hermoso. Se trabaja al aire libre, en un entorno saludable, en el campo pero con acceso a las comodidades de la ciudad, y hacerlo en familia también lo hace especial». Añade que «las generaciones posteriores lo tienen un poco más fácil. Mi abuelo y mi padre araban con bueyes, era un gran sacrificio, y yo mismo lo hice por un tiempo». Relató que, tras cursar el segundo año de liceo y con aproximadamente 15 años, le manifestó a su padre su incomodidad con los estudios y su preferencia por trabajar en la granja si adquirían un tractor. Su padre tomó la decisión que marcó un antes y un después en la vida de Mario: «Compró un Ford del 51, financiado por el Banco República. Aprendí rápidamente con un primo de mi padre y no me detuve más. Aquí sigo, y estaré en esto hasta el final». En la propiedad, un viñedo con cepas que superan las siete décadas, aunque su producción ha disminuido, se mantiene por el afecto especial que se les tiene, haciendo difícil su renovación.
La familia como pilar fundamental. Al ser consultado sobre la valoración del granjero en la ciudad, Mario admitió su percepción de que «no todos» lo aprecian, y seguidamente elogió a los feriantes con vasta trayectoria en el sector. A ellos los describe como «personas que sienten verdadera pasión, que defienden su mercancía, la cuidan y respetan el arduo trabajo que hay detrás». Expresó, asimismo, cierta desazón al constatar el desconocimiento actual y las tendencias pasajeras, ejemplificando cómo la gente a veces busca un durazno de un rojo intenso, ignorando que los bicolores suelen tener mejor sabor, o cómo se prioriza la apariencia, llevando incluso a que productos como la papa sean teñidos: «Es como todo, muchas cosas evolucionan positivamente, pero otras no», reflexionó. ¿Existe algún secreto? Concluyendo la conversación, antes de guiar al periodista por su explotación, Mario medita: «No sé si hay un secreto para ser exitoso o disfrutar plenamente del trabajo. Lo que la vida me ha enseñado es que, para salir adelante, es esencial tener una actitud de aprendizaje, ser responsable y respetuoso, nunca rendirse por difícil que sea la situación, y mantener a la familia unida, trabajando en equipo». En este predio cargado de historia, un antiguo horno de barro se erige como uno de sus tesoros, y, por supuesto, continúa en pleno uso.
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